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La Mediación: esa gran desconocida

Allá por enero de 2019 recibíamos una noticia alentadora por parte de Moncloa: ‘‘El Consejo de Ministros, a propuesta de la ministra de Justicia, ha aprobado un Anteproyecto de Ley de Impulso de la Mediación’’.

Todo apuntaba a que, por fin, eso que muchas personas –entre las que me incluyo– llevaban pidiendo a gritos desde la promulgación de la Ley 5/2012, de Mediación en asuntos civiles y mercantiles, que era la dotación real de medidas para impulsar a esa gran desconocida, la mediación, en un sistema jurídico que apuntaba no pocas veces a un colapso y una saturación impropias de un estado europeo como es el español.

Así las cosas, ese anuncio pronto se fue diluyendo y, hasta el día de hoy, muchos no se han vuelto a acordar de ese método alternativo de resolución de conflictos tan útil para las situaciones cotidianas (y no cotidianas) como es la mediación. Siendo así, una gran desconocida para muchos.

Pablo Mezquita nos habla acerca de la Mediación, esa gran desconocida. Fuente: Nivolap

Define la Ley anteriormente citada la Mediación como aquél medio de solución de controversias, cualquiera que sea su denominación, en que dos o más partes intentan voluntariamente alcanzar por sí mismas un acuerdo con la intervención de un mediador, en base a los principios de voluntariedad y libre disposición, igualdad de las partes e imparcialidad de los mediadores, neutralidad, confidencialidad, así como buena fe, lealtad y respeto mutuo de las partes.

Bajo mi punto de vista, el COVID-19 nos abre una nueva oportunidad de cambiar la mentalidad del conflicto por la mentalidad del acuerdo, de esos ‘‘Win-Win Agreements’’ de los que se nos habla en el Program on Negotiation de Harvard. En este sentido, entiendo que la mediación podría ser uno de esos mecanismos que ayude a cambiar esa concepción de problema-conflicto en ocasiones tan lesiva para la justicia, por una en la que las partes persigan un acuerdo beneficioso para ambas o, dicho de otro modo, no tan perjudicial para ninguna de ambas, por medio de un procedimiento de mediación en el que se da igualdad a las partes, en el que ambas tienen voz, poder de decisión y ganas de resolver ese conflicto que les ha situado ahí.

Si existe un momento idóneo para buscar implementar ese cambio, no tengo dudas de que es este. Una administración de justicia con insuficiencia de medios y de personal, colapsada, unida a un crecimiento exponencial de conflictos como consecuencia de esta crisis, como apuntaba nuestro mentor Federico Bueno de Mata en su artículo meses atrás, así como el abaratamiento de costes (tanto temporales como económicos) como el que propicia la mediación deberían ser argumentos suficientes para que la mediación llegue para quedarse, ya que sus beneficios son incontables.

Esperemos que no se quede en el tintero de nuevo, ya que han pasado dos años de aquel anteproyecto de Ley de impulso a la mediación de 2019 que, permítanme la expresión, ni está ni se le espera.

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